jueves, 6 de junio de 2013

Hagamos algo por mejorar nuestro pueblo

       Es verdad que la crisis económica nos está afectando a todos y cada uno de nosotros en muchos aspectos de la vida y contra algunas de sus repercusiones es difícil luchar o sobreponerse ya que se escapa de nuestras manos el poder encontrar una solución a los mismos, sin embargo también nos estamos dejando llevar por ésta corriente derrotista que se crea alrededor y estamos siendo atrapados por un conformismo tal que olvidamos las primitivas normas de sociabilidad y convicencia.

       En Calañas, en éstos últimos meses, ya he oído más de una vez la siguiente frase: "éste pueblo parece fantasma". Frase que me ha llevado a reflexionar e inducido a escribir éste pequeño relato, que no tiene otra finalidad que, desde mi punto de vista, inculcar algo de ánimos a quién quiera compartir conmigo ésta forma de pensar y a quien comprenda que entre todos podemos hacer cambiar, al menos, ese aspecto que bien define la frase citada.


       Si durante los fines de semana, momento en los que comparto puntualmente mis tres días de estancia en el pueblo, he comprobado que la fracesita tiene algo (bastante) de cierta, imagino de lunes a viernes lo real que puede resultar su significado. Por echarle la culpa a alguien, la crisis nos ha encerrado en nuestras casas a cualquier hora del día, sólo salimos lo imprescindible; las calles a horas determinadas están completamente vacías, y si lo están las calles, las tiendas y los negocios, ya podemos imaginar. 

       El salir no es sinónimo de gastar. Sale el que quiere y gasta el que puede. Salir si lo podríamos relacionar con compartir, comentar, transmitir, disfrutar, pasear, hacer ejercicio, en una palabra VIVIR Y RELACIONARNOS sin necesidad de gastar un sólo euro. Resulta que también, y es sólo un comentario, pero real, hacemos las compras fuera de Calañas, las fiestas fuera de Calañas, las comidas fuera de Calañas .....Cada cual es libre de gastar su poco o mucho dinero donde quiera, de divertirse donde quiera, pero poco ayudamos a que haya prosperidad en nuestro propio pueblo, donde hemos nacido, donde vivimos, donde viven nuestros hijos, donde tenemos nuestras raices, donde están nuestras tradiciones, donde querremos morir (como dice el pasodoble). 
      Meditemos un poco sobre mi relato. El que crea que no tengo razón, o no se encuentra inmerso en ésta dinámica, que siga haciendo lo que hasta ahora, pero el que sea del otro bando, que lo reconsidere y si prueba a cambiar su actitud, seguro que habrá contribuído, sin esfuerzo, a que todos en general mejoremos nuestra forma de vida.



CALAÑAS, 2013




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